Recorrido profesional

 

 

Desde el tiempo más lejano en mi recuerdo me veo ligada al deseo de ser médica.

 

Gracias a que existían otros médicos en mi familia, pude estar en contacto con la asistencia desde antes de entrar en la Facultad.

 

Me dejaban estar mirando en un quirófano una intervención… o acompañaba a mi primo mayor, que era el médico, a las visitas a casa del enfermo… o a veces, sentada al lado de él, escuchaba y observaba como atendía pacientes en la consulta externa del hospital. Todo esto ocurría, claro, en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, y yo era una adolescente. De modo que cuando entré en la Facultad, sabía con bastante claridad lo que quería hacer. Siempre me gustó escuchar, por enterarme de quién era ese ser que tenía delante, la mayoría de las veces, sufriendo.

 

El contacto con la morgue y los cadáveres, a los 17 años que yo tenía entonces, en el inicio de la carrera, estaba tan disociado de la muerte en sí, que casi no me impresionaba.

 

La primera parte de la carrera fue un disfrute.

 

Descubrir la maravilla del funcionamiento corporal a través de la fisiología y la fisiopatología luego, me parecía apasionante.

 

Recuerdo la primera vez que en la cátedra de anatomía patológica, el Dr Rapaport me permitió ver  a través de un microscopio electrónico la estructura de una célula, aquello fue realmente maravilloso y me llevó a pensar que  si todo esto existía más allá de lo que el ojo humano puede ver, seguro había algo más allá de nuestra conciencia. Así tuve la intuición de que el inconsciente también podía existir.

 

En 4to año de carrera, empezábamos a trabajar en Urgencias y en Sala de Clínica Médica. El contacto con los pacientes no era como con los libros. Recuerdo aún las primeras sensaciones que tuve al lado de la cama del enfermo, como ser el encuentro con su mirada angustiosa, más allá de la molestia física.

 

En ese tiempo, unos tres o cuatro compañeros de facultad me invitan a formar parte de un grupo. No sabíamos muy bien un grupo de qué, solo sabíamos que algo nos pasaba al contactar con los pacientes. El grupo lo condujo Marie Langer, veterana psicoanalista austriaca que también era médica, venía de la cirugía y que a partir de escucharnos nos ayudaba a desentrañar qué iba ocurriendo. Cómo nuestras propias emociones se confundían con los relatos, o sea, que desde el principio, aprendí a aceptar primer y a reconocer después, que a los médicos se nos mueven sentimientos ante el paciente, sentimientos que consciente o inconscientemente están en juego en la relación. Más adelante supe que a esto se llamaba contratransferencia.

 

El grupo duró hasta el fin de la carrera, en que, a raíz del golpe militar argentino, Marie Langer tiene que exiliarse de un día para otro en México. Aún recuerdo su abrupta despedida, pidiéndonos que nos cuidáramos mucho que llegaban tiempos difíciles. Había vivido las dos guerras mundiales… sabía lo que era la persecución del pensamiento.

 

Al acabar la carrera, entré como becaria en el Hospital Italiano de Buenos Aires, para formarme en ginecología, experiencia ésta que me permitió aprender el abordaje clínico quirúrgico del cuerpo femenino. Pero claro… yo escuchaba a la mujer más allá de su útero sangrante o de su displasia mamaria. Escuchaba “más de lo necesario para operarla”, así me lo manifestaban mis viejos profesores de esos tiempos. No tenía elementos teóricos ni de formación en esos momentos, pero sabía descubrir que había algo más en el relato de esa paciente. Que la angustia que aparecía detrás del síntoma corporal no se calmaría luego de su histerectomía, por ejemplo, si fuera el caso.

 

Descubrir la medicina psicosomática fue una gran ayuda. Me permitió fundamentar académicamente que había algo más allá del cuerpo y de lo que se veía.

 

El mundo “psi” me fue fascinando.

 

Corrían los años en el CIMP de Buenos Aires.

 

Creo que el estudio de la obra de Freud ha logrado capturarme indiscutiblemente. Durante bastante tiempo me aparté de la medicina clínica y de la ginecología, conectada con lo que me fascinaba, el mundo psi y el trabajo con pacientes en esta disciplina.

 

El psicoanálisis como arma terapéutica sigue siendo hoy para mí de primerísima elección, más allá de que con los años he conocido muchas otras dinámicas terapéuticas, pero que creo se juegan en un registro imaginario que mucho puede mejorar en el mejor de los casos al paciente, pero no curar en profundidad.

 

Nada lo cura todo, desde luego, pero el cambio de posición subjetiva que experimenta una persona que llega a atravesar un análisis es todavía para mí algo que me conmueve.

 

Los años de formación y trabajo como psicoanalista indudablemente hasta hoy me han dado mucho placer.

 

Mi paso por el Htal. de Clínicas de Bs.As. me permitió  ahondar   en la  psicología médica y la relación médico-paciente. También fue así en el servicio de Medicina Psicosomática del Htal. San Pablo de Barcelona. Pero al tiempo de solo escuchar “sin tocar” empecé a sentir que algo  faltaba nuevamente en  mi condición de médica.

 

Siempre estuve entre el mundo que se transitaba con una bata blanca y el sillón del analista.

 

Al tiempo descubrí, ya viviendo en Barcelona, la Medicina Homeopática. Primero como paciente… y fue fantástico.

 

Lo primero que me encantó fue la entrevista con el médico. Como me escuchó, lo que me preguntó, la devolución que me hizo antes de indicar el medicamento, etc. Y lo segundo fue que esas bolitas blancas que para mí eran un misterio, pudieran resolverme un problema que en mi cabeza solo se resolvía con antibióticos, y además, que no reapareciera nunca más.

 

 Años tardé en animarme a descubrir a través del estudio qué era la Homeopatía.

 

Tuve que vencer dos prejuicios: primero, el psicoanalítico que me llevaba a reducir el tema a transferencia y sugestión .Y luego, el de empezar a cuestionar mi propio sistema de pensamiento médico el cual, aunque con grietas, era el que me sustentaba desde la formación en la universidad.

 

La medicina homeopática me permitía observar el cuerpo, la salud y la enfermedad desde una perspectiva diferente.

 

En primer lugar me gustaba el respeto que se tiene al cuerpo y sus mecanismos defensivos para la curación, oponiéndose así a uno de los grandes errores que para mí supone la prepotencia de la medicina oficial y tecnológica en la que el médico se ha atribuido a sí mismo el conocimiento y el poder de curar.

 

 Y luego, aquello de que aunque el paciente esté aquejado de un mal, por ejemplo, digestivo o glandular o lo que fuere… siempre se interrogan y trabajan los síntomas, o las características mentales.  Esto me permitía, sobre todo escuchar. O sea escuchar con la bata blanca puesta, ya no cabe aquello de  “escuchas más de lo que hace falta” que me decían los profesores de gine.

 

El resentimiento, el odio, las penas mal asimiladas, la inseguridad, la insatisfacción constante, todas estas emociones a la larga distorsionan las funciones vitales y se manifestarán tarde o temprano en enfermedades físicas, que es la forma muchas veces de hacer más soportable el sufrimiento anímico.

 

El punto de partida de cualquier cambio curativo es la confianza en que otra forma de vivir es posible, sin ella no se movilizan los mecanismos del cuerpo interesados en la curación, y esto requiere (como en el psicoanálisis…) el compromiso del paciente.

 

 En toda enfermedad siempre está implicada la totalidad de la persona, su historia y el momento actual. Cuando el paciente vuelve y expresa que “se siente mejor anímicamente” es cuando el proceso de curación ha empezado su camino ya que con el medicamento homeopático los síntomas que primero se alivian son los psicoemocionales para continuar luego con los físicos.

 

Descubrir la Homeopatía ha sido como rescatar un antiguo deseo, una función, una manera de hacer el trabajo clínico que había quedado para mi  postergado en una ilusión, porque no sabía desde la medicina y no desde el psicoanálisis como unir y darle curso terapéutico a lo que escuchaba del paciente.

 

 

Hoy, mi primer encuentro con la paciente suele ser en el marco de una primera entrevista homeopática. Al escuchar se perfila cual es su demanda, o sea, porqué viene.

 

Muchas veces se resuelve como una consulta ginecológica con su examen físico…estudios complementarios, y sin más.

 

Otras es un tratamiento homeopático el que acompañará distintos encuentros para seguir la evolución de la enfermedad por la que consulta, sea ésta ginecológica o cualquier otra dolencia física o emocional.

 

Pero en algunas ocasiones, desde las primeras entrevistas o en entrevistas posteriores aparece o queda más expuesto después de una mejoría subjetiva inclusive, aquel  síntoma  motivo de sufrimiento y por el cual la paciente  “se interroga”. Es aquí donde la escucha del inconsciente permitirá avanzar por el camino de develar significados o sea  por el camino del psicoanálisis si es ese el deseo de la paciente.

 

 

Con este relato intento dar cuenta lo más fielmente posible cual ha sido mi recorrido en la profesión, el cual sostiene mi posición actual……

 

Hoy agradezco todas las veces que me he cuestionado lo que hacía. Así como también a los profesores que me fueron indicando el camino de la búsqueda y a los compañeros … hoy colegas o amigos, que me han acompañado a transitarlo y que por destino o por amor, siguen siendo mis interlocutores más válidos.

 

Y a las pacientes….a todas ellas,  que de alguna manera me siguen entusiasmando día a día.

 


 

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